"I FIRST MET THE KID KNOWN AS THE VISION at second base, during a kickball game in the P.S. 29 gymnasium, fifth grade. That's what passed for physical education in 1974: a giant rubbery ball, faded red and pebbled like a bath mat, more bowled than pitched in the direction of home plate"
En realidad había vida más allá de la calle Dean. En castellano estaban "Huérfanos de Brooklyn", mafia y síndrome de Tourette, el primero que obtuvo una cierta repercusión, y también "Cuando Alice se subió a la mesa", una fábula científica sobre el desvanecimiento y la recreación del amor. Bastante descolgado quedaba "Paisaje con muchacha", ciencia ficción reflexiva, repleta de alucinaciones y bastante más olvidable de lo que es habitual en su autor. Todavía hay pendientes de traducción como ocho obras de Lethem, algunos libros de relatos entre ellas, como este "Men and Cartoons" de atractiva y colorista portada en la edición de Faber and Faber (bastante más fea es la de la edición de Doubleday). Aunque en la imagen no se aprecie, el círculo amarillo es de hecho un agujero hacia una segunda cubierta, con las mismas sombras superheroicas, pero diferente combinación de colores.
Tanto superhéroe en portada puede llevar a confusión. "Men and Cartoons" NO trata sobre superhéroes, sino de extraños héroes del día a día, ninguno de ellos poseedor de grandes superpoderes y sí, por el contrario, de varios defectos. Tan solo el personaje de uno de los relatos puede considerarse un superhéroe (uno derrotado y patético, de carácter menor en "un mundo que solo tiene ojos para Superman o Batman": Super Goat Man) y los comic-books no aparecen más que como trasfondo de tres de las historias. Sin embargo, es precisamente la metáfora marveliana en torno a la que se articula el relato titulado "The Vision" la que seguro atrapará sin remedio a cuantos hayan conocido una infancia poblada de superpayasos salvamundos.

Jonathan Lethem colocó a Chet Baker en esa escena con la misma astucia con la que describirá justo después el amor entre Adam y Roberta mediante las coloristas y poliédricas figuras de la Visión y la Bruja Escarlata. Porque cuando Chet Baker canta sobran el lenguaje y sus florituras. En "The Best of Chet Baker Sings", Will Friedwald encabeza las notas interiores refiriéndose a la manera de cantar de Baker con el adjetivo "disarming". Friedwald no exagera. Constata simplemente el hecho de que las sesiones vocales de Baker se sitúan en ese notable subconjunto de las interpretaciones jazz para las que no sirven las descripciones técnicas. Billie Holiday, Astrud Gilberto y Chet Baker piden adjetivos en el plano emocional. Adjetivos descarnados la primera, dulces y vulnerables los segundos. Chet Baker parecía tener un don para reflejar su propia melancolía en las canciones que interpretaba. Se le veía siempre amenazado por una mezcla de saudade y desesperanza. Con un look impropio de un okie (Yale, 1929, para más señas), explotado a tiempo (es decir, antes de perderse a sí mismo en espectaculares tirabuzones opiáceos) como icono de una fotografía en blanco y negro que parecía hecha para él y la mirada baja de sus retratos, tímido comunicador de esos desamores puros que tanto gustan a la comunidad gay... A Chet Baker, ya lo habrás adivinado, era más fácil fotografiarlo que describirlo. Del mismo modo, es más fácil sentirlo que escucharlo. Cuando canta, acompaña y necesita ser acompañado. Por un momento no hay nada más. Incluso el ruido de fondo de las grabaciones (que sobrevive en varias de las ediciones en CD) parece envolver afectuosamente las heridas, oficialmente llamadas canciones. "The Thrill Is Gone", "I Fall In Love Too Easily", "Let's Get Lost", "My Funny Valentine"... En "The Best of Chet Baker Sings" están sus mejores interpretaciones del período 1953-1956. Para entonces, y tras haber exhibido su también melancólica trompeta en colaboraciones con Stan Getz (de nuevo una conexión con Astrud Gilberto) (1) y Gerry Mulligan, era ya uno de los puntales del cool, una pequeña estrella del West Coast Jazz. Empezar a cantar fue un gesto hasta cierto punto inesperado, innecesario desde el punto de vista jazzístico. Pero de algún modo puede ser interpretado como una confesión, un mensaje mágico sobre las catástrofes afectivas, que finalmente sí se ha demostrado necesario, al menos desde el punto de vista sentimental.
B'dum b'dum
(1) Stan Getz tuvo buena parte de responsabilidad en las grabaciones americanas de Astrud Gilberto y otros músicos brasileños. A Getz hay que reconocerlo como uno de los más activos artífices durante los sesenta de la simbiosis entre el West Coast Jazz y la bossanova. Por otra parte, Chet Baker está conectado con Billie Holiday por un álbum de 1964 en el que "toca y canta" (la terminología bakeriana habitual: "toca" cuando interpreta a la trompeta, "canta" cuando utiliza su voz para cautivarnos) canciones de la diva del jazz Billie Holiday. Una última conexión enlaza a Chet Baker con los hermanos Head, de la saga Pale Fountains-Shack, aunque esa es una conexión algo mórbida que probablemente existe únicamente en nuestra imaginación.